jueves, 11 de septiembre de 2008

EN PRIMAVERA SE ENCUMBRA EL MALESTAR SOCIAL


1. En general en el mundo y en Chile, el capital se concentra, se torna monopólico, y sus intereses corporativos se entroncan genéticamente con los estados capitalistas centrales. En su revés, el trabajo, como efecto de un proceso de transformación del patrón de acumulación y organización de la producción, el comercio y los servicios financieros, se disgrega, se expresa orgánicamente a través de millones de moléculas legales y materiales dispersas, desarticuladas. Por eso el sindicalismo tradicional, el sindicalismo de empresa, ya no se condice con las nuevas formas de organización y explotación del trabajo, y sólo representa a una fracción minoritaria de la fuerza laboral chilena. A diferencia de Europa, por ejemplo, donde también la sindicalización ha decaído considerablemente, pero fórmulas alternas privilegian las negociaciones colectivas (en más de un 60 %) para debatir las relaciones y la distribución del plusvalor, y por consiguiente, parte de las utilidades de cualquier industria; en Chile, la legislación no consagra la negociación colectiva y niega la huelga. Esto quiere decir, que las maneras contextuales que el sindicalismo conoció antes de 1973, simplemente, hoy resultan inútiles para la inmensa mayoría de los trabajadores.
La Central Única de Trabajadores de la que habló con justificado orgullo el Presidente Salvador Allende en su famoso discurso en la ONU en diciembre de 1972 se fundaba sobre una sindicalización que superaba el 30 % de la fuerza laboral nacional, el contrato indefinido, el trabajo estable, una relación relativamente compensada entre la contradicción capital / trabajo, la indemnización a todo evento y sin tope, una previsión social meridianamente decente, grandes extensiones de fuerza laboral ligada a empresas nacionales o mixtas, organizaciones por área o rama económica, y derechos sociales que, si bien insuficientes, vivían una explosiva y creciente expansión. Todo lo anterior enmarcado por el ascenso de las luchas de los asalariados y los pueblos en innumerables lugares del mundo, y con una suerte de retaguardia contenedora –criticada, pero basculadora, en los hechos- en los denominados “socialismos realmente existentes”.

2. Pero todo ello es historia hacia la primera década del nuevo milenio. Desde la refundación capitalista en Chile (o contrarrevolución patronal o neoliberal), la ofensiva de la burguesía digitada por las políticas más extremistas del laboratorio de los economistas de Chicago, los dictados del FMI, el Banco Mundial, la OMC, el BID e instituciones asociadas, ha readecuado estratégicamente la organización del trabajo en Chile. En la actualidad –independientemente de las tonalidades casi indiferenciadas entre el régimen militar y los gobiernos civiles post dictadura- ya prácticamente, no existe industria nacional (salvo rémoras sin peso económico sustantivo), la economía en su sentido profundo y no temático o sectorial, se funda en la explotación del cobre, la madera, actividades comerciales vinculadas a las importaciones beneficiadas por tratados de libre comercio asimétricos y proteccionismo cero; el subcontratismo; el multigiro legal de una misma matriz patronal; la flexibilidad laboral; y el ingreso masivo en desigualdad de condiciones al mercado laboral de las mujeres, los inmigrantes y los jóvenes. El capital financiero, otrora puesto de una u otra forma al servicio de áreas productivas, hoy gobierna sobre instrumentos crediticios altamente parasitarios y especulativos, como capital que se reproduce sobre su propio movimiento ficticio, más distante que nunca de la llamada “economía real”. Las tramas del capitalismo extremista en Chile tienen que ver con el superconsumismo, el sobreendeudamiento, la precariedad e inestabilidad laboral. Tanto para los pobres de siempre, como para franjas de profesionales ilusionados por la movilidad social y la reificación de un concepto de educación que, en concreto, hoy proletariza y envía a numerosos contingentes de jóvenes formados en las universidades a labores que no tienen nada que ver con la oferta vocacional o funcional recibida, el actual modelo de acumulación del capital dinamita radicalmente las formas tradicionales de organización del trabajo.

3. Si la mayoría de la fuerza de trabajo chilena carece de contrato indefinido (más de un 50 % de los asalariados labora “a honorarios” o con contrato a plazo fijo, o por faena o meta cumplida), no puede sindicalizarse (o si lo hace, debido a la debilidad de la fragmentación cuantitativa y, por tanto, también cualitativa de la fuerza posible de constelar bajo un mismo patrón jurídico, sus niveles de negociación son nimios), ¿Qué modos de organización demanda el actual estado de la división y multifragmentación del trabajo impuestos por el capital?
La actual Central Unitaria de Trabajadores y su composición pueden sobrevivir con tranquilidad. El sostén real de sus fuerzas está en los funcionarios públicos, los profesores (que son una mezcla de profesionales-proletarios), y un conjunto de sindicatos-empresa sin capacidad objetiva de negociación. En este caso, la tesis del desarrollo desigual y combinado del capitalismo funciona inmejorablemente. En rigor, la CUT del siglo XXI, con su conducción, procedimientos, composición, formas de enfrentar los conflictos, discursos y maneras de negociar, no representan sino una parte minoritaria de los trabajadores chilenos. De algún modo, hoy vive sus límites históricos posibles de acuerdo a la organización hegemónica del trabajo. Aunque un buen día, la mayoría de los asalariados chilenos quisieran ser parte de CUT y desde allí mejorar sus condiciones de existencia, simplemente, no podrían hacerlo. Al respecto, vale decir que el Código del Trabajo –fundado en el derecho civil y no laboral- es fiel reflejo de las relaciones capital / trabajo realmente existentes y la organización social dominante de la producción de la riqueza.

4. ¿Para qué sirve la CUT, entonces? En términos simbólicos, la Central todavía contiene grados significativos de autoridad popular a la hora potencial de convocar al movimiento social tras demandas convenidas. Ello es parte de la historia chilena, más allá de las fuerzas concretas que agrupe la multisindical. Sin embargo –y colocando entre paréntesis el carácter de institución domesticada y altamente funcional respecto del gobierno concertacionista, y, por extensión, de los intereses estratégicos de la minoría en el poder-, una Central de trabajadores que rime con las condiciones reales de la explotación laboral y sus formas actuales hegemónicas, tendría, necesariamente, que dar una vuelta de tuerca más que relevante a sus propios fundamentos, métodos, prácticas y discursos. La refundación de la organización de los trabajadores, además de recobrar sus notas originales de independencia de clase y lucha anticapitalista, debe construir formas flexibles, multidimensionales, inclusivas, que, en los hechos, desborde los límites del sindicalismo tal como está constituido hoy. En este sentido, las conducciones y embriones de organización de trabajadores más avanzadas y jóvenes, más democráticas y éticas, más independientes y antiburocratizantes, tienen que componer sus propias respuestas, asumir creativamente las nuevas modalidades de la organización del trabajo para el combate franco contra el capital en mejores condiciones de lucha. Los anarquistas de finales del siglo XIX y principios del XX; junto a Recabarren y Clotario Blest siempre serán fuente de inspiración ética y volitiva en esta hora dura. Ellos supieron enfrentar con imaginación, convicción unitaria y claridad estratégica las imposiciones del capital. Respondieron, sin duda, con fortaleza y en medio de la incertidumbre las más crueles embestidas de la oligarquía de su época. Y, si bien, la organización del trabajo ha cambiado esencialmente respecto de ese período fundacional del movimiento obrero en Chile, los materiales hondos de su madera deben constituir continuidad ética y horizonte político de las maneras que demanda hoy la recomposición de la organización necesaria y contemporánea de los trabajadores y trabajadoras de Chile. Por historia, y por el lugar objetivo en el proceso de acumulación y base de dominación del capital en Chile, los asalariados –en su presentación compleja- son motor capilar para remontar el reflujo transitorio del protagonismo político de los intereses de los trabajadores y el pueblo.

5. Las encuestas continúan reflejando el descontento de los chilenos ante el sistema político que manda, sus instituciones, iniciativas y movimientos. Según el último estudio de Adimark (consultora de estudios de mercado de capitales chilenos y alemanes), en agosto de 2008, un 42,1 % de la gente aprueba la gestión de Bachelet y un 46,1 % la desaprueba. Un 80 % desaprueba el sistema de transporte colectivo Transantiago; y sólo un 30 % aprueba la actual política económica. En general, un 16,8 % de los consultados aprueba la gestión de la Concertación (ya no personificada en Bachelet); un 19,9 % aprueba a la Alianza por Chile, y cerca de un 50 % no se pronuncia. Un 62 % de los encuestados manifiesta una percepción negativa de la Concertación, mientras un 57 % siente lo mismo por la Alianza por Chile. Sobre temas específicos, los consultados en un 62 % desaprueban la gestión educacional del gobierno; un 58 % desaprueba la política económica; un 57 % la gestión en el ámbito de la salubridad; y un 51 % rechaza la gestión en orden al medio ambiente.
Como en Chile no existen referendos ni plebiscitos de ninguna especie, y las encuestas en su conjunto, ya denuncian una clara tendencia en las áreas arriba enunciadas, se puede avizorar una crisis de credibilidad y confianza en relación al actual ordenamiento político dominante que cobra rangos estructurales. Naturalmente, sin alternativas construidas desde el campo popular y anticapitalista –salvo episodios e iniciativas simbólicas y testimoniales- la reproducción del actual orden de cosas puede todavía dormir en paz. Mientras se escribe este artículo, aún no ha transcurrido la noche del 11 de septiembre donde diversas organizaciones sociales y políticas han convocado a caceroleos y protestas ante los nefastos efectos de la inflación sobre los salarios, que a 12 meses, varía entre un 9 % a un 11 %. Sólo los alimentos han aumentado su precio en casi un 15 %, mientras las remuneraciones nominalmente congeladas y realmente arrastradas a la baja, gatillan un malestar atmosférico incuestionable. El superávit fiscal –que a fin de año alcanzará los 30 mil millones de dólares producto, principalmente, de la demanda cuprífera- continúa bajo llave, aguardando la agudización de la crisis económica para ir a socorrer a la minoría empresarial.
A 100 años del natalicio de Salvador Allende, y a 35 del golpe de Estado, las fuerzas de abajo convocadas históricamente para revertir un Chile injusto, desigual y oligárquico, comienzan a expresar su descontento de manera confusa, pero sostenida. Y, como suele ocurrir, si los rebeldes de ayer son hoy parte del aparato del Estado, han jubilado sus proyectos sociales emancipatorios, y, en el mejor de los casos, permanecen mordiendo la nostalgia, tendrán que ser las nuevas generaciones junto a franjas de militancia popular que enfrentó bajo jefaturas invisibles el último tramo de la lucha antidictatorial, quienes tomen de una buena vez las riendas de la reconstrucción política de los trabajadores y el pueblo. Con imaginación, con unidad, y a tientas. Que ya está claro que nada volverá a repetirse tal cual y sólo se cuenta con los presentes.

Andrés Figueroa CornejoSeptiembre 11 de 20



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martes, 9 de septiembre de 2008

CHILE: “TONY MANERO”, LA PELÍCULA SOBRE LA RAZÓN INHUMANA DEL FASCISMO


Con prejuicios y contradicciones llegan muchos hasta las salas del Cine Hoyts –complejo de proyección cinematográfica que impone la cartelera obligada de los chilenos, dulcemente norteamericanizada con “palomitas de maíz” y abundante Coca-Cola- a ver la segunda producción de Pablo Larraín, “Tony Manero”. Básicamente porque el creador es hijo del senador y ex presidente de la ultraderechista Unión Demócrata Independiente (UDI), Hernán Larraín. Pero, al parecer, lejos del naturalismo atávico tan propio de la provincia, en este caso felizmente no se confirma el dicho “de tal palo, tal astilla”. Si bien, siempre es conveniente conocer el contexto de producción de cualquier obra, ellas, en definitiva, deben sostenerse sobre su coherencia interna y sus potencias simbólicas propias. Resultaría un despropósito mayúsculo suponer que “Tony Manero” es un producto instrumental para “lavarle la cara” de pinochetismo a su padre, y por extensión, a la propia UDI. La película bien podría haberse construido con la mano izquierda. Y a diferencia de muchas películas abiertamente “concertacionistas” (la malograda “La Frontera” como paradigma, al respecto) cuyos mensajes apelan a la reconciliación necesaria para efectos de colaborar con la gobernabilidad de los gobiernos civiles post dictadura, “Tony Manero” provoca una recepción inquietante, políticamente incorrecta.

La trama es de un realismo violento, denso, acuciante. El protagonista (un Alfredo Castro exacto, inmejorable, extraordinariamente versátil y verosímil) es un chileno pobre y alienado que habita el corazón capitalino del Chile tenebroso de 1978 que, obsesionado por la película de música y baile funcional, “Fiebre de Sábado por la Noche”, participa en un concurso televisivo del olvidable “Festival de la Una”, un magazine que expresó bajo la dictadura militar mejor que “Sábados Gigantes” o el “Jappening con Ja”, la podredumbre cultural y material -cerrada, tonta e insípida- de un país en Estado de Sitio, persecuciones políticas, y agobiado por la revancha patronal multidimensional luego del golpe de Estado de 1973.

El personaje vive en una pensión miserable que funciona como boliche de tragos y cuenta con un minúsculo escenario donde un grupo de cuatro aprendices de baile pop, presentan sus rutinas permeadas por el escombro atmosférico. El protagonista tiene un objetivo claro: ser el Tony Manero chileno. El creador de la película, acudiendo a los modos de un thriller sordo, construye un personaje lumpenizado, psicótico, aislado, presa de su obsesión. Mientras tanto, con un fuerte color local y de época, se transparenta oblicuamente un Santiago militarizado, secretamente resistente, incestuoso en lo íntimo, destruido de sentidos y víctima de la enajenación pinochetista. Es también La República del Silencio, El Extraño, el cine en el cine, Fassbinder a hurtadillas, La Peste, y un cine político de maneras laterales, sin música incidental, sin estridencias (lo que enmarca con más eficacia los crímenes, la oquedad, el tránsito impulsivo del protagonista), incómodo, falto de oxígeno, carente de panorámicas tranquilizadoras.

Mientras el protagonista procura alcanzar su objetivo, los agentes del Estado imponen la estrategia de exterminio del régimen militar. Aquí coexisten dos países. Uno que, en lo oscuro, realiza propaganda simbólica, precaria, de pura resistencia, como una épica muda, de gestos en medio de la represión estatal de la dictadura; y otro silenciado y disciplinado en el trauma, presa del espanto, psiquiatrizado, de pulsiones básicas, sobreviviente.

“Tony Manero”, en sus contenidos, justifica excepcionalmente la lucha frontal contra la dictadura que alcanzaría claves de masas y descontento abierto cuatro o cinco años después. La representación del país dibujado en la película, es materia de memoria que gatilla la rebeldía por venir. La opresión sucia, desplegada, casi ausente de toda compensación, denuncia los dispositivos del poder y la plataforma del espanto fascista, sus procedimientos de alienación cultural, la paranoia reinante, el acoso panóptico contra los pobres, el propio miedo enemigo ante los brotes del odio elemental que sabotean en potencia los pilares metálicos del nuevo estado de cosas.

Cuando la película termina abruptamente a través de una escena altamente sugerente, el espectador, con dificultades, se desentierra de la butaca asediada. “Tony Manero”, entonces, revela como un puzzle acabado parcialmente, los alcances universales que resultan de su trama. En general, la obra de Pablo Larraín se incorpora al conjunto de representaciones cinematográficas mundiales de la razón inhumana del fascismo. Es una película que hacía falta y mediante la cual los jóvenes rebeldes de la actualidad y de mañana, comprenderán con mayor facilidad los resortes profundos de la violencia política que recorre largos tramos de la historia política de Chile. Esta vez, desde una producción estética sólida, actuaciones notables, y de profunda sustancia existencial y contextual.

Andrés Figueroa Cornejo

Septiembre de 2008




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jueves, 4 de septiembre de 2008

DE NUEVO MARTÍNEZ EN LA CUT: GANA EL GOBIERNO, SONRÍE EL PATRÓN



1. Paladeando los milagros culinarios prohibidos para los chilenos de a pie, el Presidente de la Sociedad Nacional de Minería, Sonami, y todavía líder de la Confederación de la Producción y el Comercio (gremio patronal del país), Alfredo Ovalle, en la cena anual de los rostros del capital minero, hizo, como es su costumbre, claras indicaciones a la Presidenta Michelle Bachelet, invitada a la comida. Con un ingenio sin antifaces, le propuso a la mandataria que parte de los impuestos del royalty a la explotación principalmente cuprífera sean usados en pasivos ambientales, lo que serviría para que Chile presente credenciales de “excelencia y responsabilidad” en el manejo ambiental.
Sin tapujos, Ovalle, a costa de las arcas fiscales (y por extensión, de eventuales recursos destinados a programas sociales), pretende que el Fisco ofrezca mayor competitividad y “mejor ver” a los inversionistas y las instituciones financieras internacionales. Sólo la minera La Escondida, rentó en utilidades limpias el primer semestre de 2008, más de 2 billones de pesos (4 mil millones de dólares). Pero para el capital no es suficiente. Exige que los paliativos contra los efectos negativos de alto impacto ambiental devenido de la explotación minera sean ahora subsidiados por el Estado. Nuevamente se privatizan los beneficios, y se socializan los desperdicios.
Pero el Presidente de los patrones en Chile no terminó allí. Durante la cena anual de la Sonami, acusó que la nueva ley de salario base (que lo iguala al salario mínimo, es decir, a la miseria de $ 159 mil pesos (300 dólares) “eleva sustantivamente los costos para las empresas, afecta el empleo y puede implicar un serio deterioro de las relaciones laborales”. El sentido de la ley, que ya está siendo readeacuada contra los trabajadores, guarda relación sobre todo con la amplia área laboral (fuerzas de venta) que construye su salario fundamentalmente a través de la parte variable de la remuneración (un 70 % de los asalariados chilenos vende algo para vivir, y por tanto, el comisionismo, es régimen general de composición salarial). Ya la ley ha sufrido enmiendas que desnaturalizan su espíritu original, y, por lo demás, la patronal, al verse obligada a garantizar un salario base superior al existente (que puede ser hasta de $ 15 mil pesos (30 dólares) en muchos casos), simplemente ajustará el precio de las captaciones a la baja con el fin de no dañar sus tasas de ganancia. En los hechos, al menos en el área financiera, la contracción crediticia impuesta por el Banco Central para demoler inflación, ha elevado las condiciones para obtener un crédito, por un lado, y limitado sus montos, por otro. Ello también está asociado a los resguardos bancarios ante el riesgo de la morosidad y el no pago, en un marco mundial de recesión y desaceleración económica.
Los patrones en lo suyo, y el gobierno toma nota.

2. A través de un procedimiento electoral largamente cuestionado por fundarse en la votación indirecta (y mayoritariamente, inconsulta respecto de sus bases sindicales), alrededor de 8 mil delegados, teóricamente “representantes” de alrededor de 500 mil trabajadores (un 8 % de la fuerza laboral chilena) votaron prácticamente, la misma directiva de la Central Unitaria de Trabajadores que ya existía. De este modo, nuevamente el Presidente de la multisindical, por tercera vez, será el militante concertacionista del Partido Socialista de la línea de Escalona (el mismo que impuso al jefe de la inteligencia de la Concertación durante los primeros años de gobiernos civiles, Marcelo Schilling, en el cargo parlamentario dejado por el extinto diputado Juan Bustos), Arturo Martínez.
La “victoria” de la máquina electoral de Martínez (que, entre otras cosas, pagó cuotas a sindicatos proclives a su candidatura), tranquiliza transitoriamente al gobierno y a la propia patronal. Más allá de las innumerables críticas a la conducción de Arturo Martínez, ligadas a su papel apéndice del gobierno de turno y contenedor del sindicalismo independiente y de lucha, los resultados electorales implican, por sí solos, un dinamizador para la organización de los sectores sindicales más críticos de la dirección de la CUT por su colaboración progubernamental (parte relativamente significativa de la gobernabilidad necesaria para la reproducción del actual patrón de acumulación capitalista), y la urgencia de construir una fuerza de los asalariados profundamente democrática y que cautele con celo granítico los intereses genuinos de los trabajadores.
Irónicamente, la lista que encabezó Arturo Martínez se llamaba “Autonomía Sindical. Una CUT para todos los trabajadores”. Aquí, naturalmente, el eslogan funciona como fórmula que revela su reverso, toda vez que la autonomía no tiene nada que ver con una política y estilo de conducción de la Central en manos de Martínez, fuertemente financiada por el gobierno y la socialdemocracia alemana (y no por los trabajadores), y presa del burocratismo y subordinación partidista más franco y desenfadado. Como botón de muestra, sólo cabe recordar la imposición por arriba no consultada a nadie del sueldo mínimo, refrendada, entre gallos y medianoche, por Arturo Martínez.
La reedición –envejecida y mañosa- de la misma dirección de la CUT hasta el 2012, resta esperanzas populares respecto de avances relevantes a través de la institución CUT.
La refundación urgente del sindicalismo inspirado por los principios y prácticas de Luis Emilio Recabarren y Clotario Blest será fruto de la reunión, por dentro y por fuera de la Central, de las iniciativas sindicales potencialmente constelables que se sostengan sobre liderazgos insobornables, la independencia política de los intereses de los trabajadores, y el anticapitalismo en su versión amplia e inclusiva. Las máquinas del sindicalismo funcional y domesticado se superan a través de la fuerza unitaria, audaz, flexible, actualizada, inteligente y de lucha.

3. En el cuerpo de Economía y Negocios de El Mercurio del viernes 11 de abril de 2008, el Presidente de los grandes empresarios y ramas económicas gremializadas en la patronal Confederación de la Producción y el Comercio, Alfredo Ovalle, afirmó lo siguiente: -¿Fue visto en la CPC un apoyo a la reelección de Arturo Martínez en la CUT?"No, nunca ha existido un apoyo y no me corresponde. Lo que sí he logrado es crear una confianza con el presidente de la CUT, de manera que creemos que en el resto de su mandato podríamos llegar a acuerdos que van a beneficiar especialmente a los trabajadores y, por supuesto, a los empresarios, en el sentido de que exista mucha mayor paz social, que evitemos todo acto de violencia y que podamos llegar a acuerdos en materia de negociación colectiva, seguros de cesantía y de capacitación especialmente". Independientemente de que, en concreto, no se arribara a ningún acuerdo relativamente positivo para los asalariados, lo cierto es que resulta de temer cuando el capitán de los patrones confía en el representante de los trabajadores. Los resultados están a la vista.

Andrés Figueroa Cornejo
Septiembre de 2008




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lunes, 1 de septiembre de 2008

GERENCIA DE GRUPO SANTANDER APLICA ESCANDALOSA MANIOBRA ANTISINDICAL CONTRA TRABAJADORES DE BANEFE QUE PROTAGONIZARON HUELGA DE UN MES

Un mes duró la huelga protagonizada por las trabajadoras y trabajadores de la fuerza de venta del holding Santander España, Santander Banefe. La movilización de los empleados estuvo marcada por la violencia empresarial y policial traducida en detenidos, agresiones que llevaron a dirigentes al hospital con secuelas todavía insospechadas, vejaciones sexuales, seguimientos armados, huelga de hambre y querellas. Hace 40 años que en la banca no se vivía un conflicto que expresara con mayor brutalidad, la prepotencia gerencial y la violación a las condiciones mínimas de convivencia y diálogo que supone una negociación colectiva legal.
Hasta la última votación democrática que sancionó satisfactoriamente la oferta de la empresa que dio término al conflicto, el empleador siempre argumentó, en diversos episodios, que detrás de sus recurrentes negativas respecto de las demandas de los trabajadores, existía un problema de "falta de recursos". Se está hablando de la fuerza de venta de la corporación bancaria que más renta en Chile, y que en el primer semestre de 2008 alcanzó $235.408,2 millones de pesos en utilidades (más de 400 millones de dólares).
Luego de una lucha inagotable, los trabajadores de Santander Banefe obtuvieron un bono de colación de $ 2 mil pesos diarios (4 dólares); un bono de locomoción de $ 12 mil pesos (24 dólares), que se pagarán desde agosto de 2008, y un bono de fin de conflicto que va de $ 400 mil a $ 650 mil pesos (entre 900 y 1300 dólares).

EL CASTIGO EMPRESARIAL

Sin embargo, la revancha empresarial contra las conquistas de los trabajadores organizados no se hizo esperar por mucho tiempo.
A menos de un mes del reintegro de los empleados en huelga a sus labores, la gerencia, a través de su titular de Recursos Humanos, Alfonso Palavecino González, arremetió con una ofensiva antisindical bajo la anuencia de supuestos representantes sindicales que, por un lado, jamás apoyaron a los funcionarios movilizados, y por otro, de manera oportunista y sobornable, siempre se han subordinado a los intereses de la administración bancaria.
De este modo, la empresa con la complicidad de cinco "dirigentes" (Miguel Allende, Walter Figueroa, Marco Salas, René Cortez y Enrique Aravena) de la denominada Federación de Sindicatos Banco Santander, completamente funcional a la estrategia de precarización del empleo del holding, y contraria a la Federación de Sindicatos del Grupo Santander, a la cual adhiere el Sindicato que protagonizó la huelga y cuyo horizonte es la independencia de los intereses de sus asociados, montó un acuerdo en beneficio de los empleados que no participaron del movimiento. ¿El objetivo? Destruir primero el Sindicato que protagonizó el conflicto y, en consecuencia, dañar a su Federación y a la propia Confederación de Sindicatos Bancarios –única multisindical de los trabajadores financieros chilenos-.
Así, entre gallos y medianoche, un comunicado firmado por los cinco dirigentes antes mencionados, se distribuyó entre los trabajadores, donde se informa que el empleador ofrece $ 100 mil pesos más en beneficios para aquellos funcionarios que no participaron de la huelga. La burda maniobra antisindical, contraviene legal y éticamente la organización y lucha legítima de los trabajadores; funciona como represalia patronal para quienes "pusieron el cuerpo" en la obtención de mejoras laborales durante un mes de paralización; y constituye un pésimo precedente, en el marco del discurso de la Presidenta Bachelet que plantea su voluntad porque mejoren las negociaciones colectivas y se fortalezca la sindicalización en el país.
La estrategia empresarial para castigar la organización de los trabajadores en huelga de Santander Banefe revela que era absolutamente falso que no existían recursos para responder a las demandas de los empleados movilizados, y que la lógica del holding Santander hace trizas "la palabra empeñada", su discursiva voluntad de diálogo y su archipublicitada política (a costa de millones de pesos) sobre la Responsabilidad Social de la Empresa.
Pero ni el Sindicato Santander Banefe, ni la Federación de Sindicatos de Grupo Santander y la Confederación de Sindicatos Bancarios, duermen. Ante tamaña práctica antisindical ya se realizan gestiones legales, se socializa el atropello empresarial entre los trabajadores, se envió una misiva a España para denunciar la situación al Presidente del poderoso holding español, Emilio Botín; y se multiplican las gestiones tendientes a evidenciar públicamente la maniobra.
Al respecto, las organizaciones consteladas en la huelga realizaron un llamado a la unidad granítica de los trabajadores, y solicitaron la práctica solidaria nacional e internacional ante un hecho que contraviene los principios elementales que deben normar el quehacer y horizonte del genuino sindicalismo jugado por los intereses propios de las trabajadores y trabajadores en Chile y el mundo.

Andrés Figueroa Cornejo
Departamento de Comunicaciones
Confederación de Sindicatos Bancarios y Afines de Chile

Septiembre 1 de 2008






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RAZONES DE ESTADO

1. De acuerdo a informes provenientes del Director del Centro de Estudios Nacionales de Desarrollo Alternativo, CENDA, el economista Hugo Fazio, y publicaciones económicas nacionales, los más altos resultados de utilidades por área entre enero y junio de 2008, son la minería (44,9 %); la industria de la electricidad (10,7 %); la empresa forestal (8,8 %); los bancos (7,3 %); los retails (4,2 %); y las telecomunicaciones (1,8 %).
En términos pormenorizados, el ranking es el siguiente: Minera Escondida (propiedad de la anglo-australiana BHP Billiton) con $ 2.050.138 billones de pesos en utilidades; Codelco (estatal) con $ 1.725.970 billón de pesos; Empresa Copec (Grupo Angelini) con $ 273.514 millones de pesos; Santander Chile (Santander Central Hispano) con $ 235.408 millones de pesos; Celarauco (Grupo Angelini) con $ 186.339 millones de pesos; Antar Chile (Grupo Angelini) con $ 163.186 millones de pesos; Quiñenco (Grupo Luksic) con $ 156.904 millones de pesos; Banco Santander Chile (Santander Central Hispano) con $ 156.095 millones de pesos; Enersis (Emel (Italia) - Acciona (España)) con $ 155.940 millones de pesos; Endesa (Emel (Italia) - Acciona (España)) con $ 135.261 millones de pesos; Banco de Chile (Grupo Luksic) con $ 122.083 millones de pesos; Inversiones CMPC (Grupo Matte) con $ 119.582 millones de pesos; Falabella (Grupo Solari-Del Río) con $ 110.195 millones de pesos; Empresas CMPC (Grupo Matte) con $ 110.195 millones de pesos; y SQM (Julio Ponce Lerou) con $ 100.210 millones de pesos.
Al respecto, Minera Escondida rentó sobre el patrimonio 163 % en cifras anualizadas; mientras en 2007 fue de 170,9 %.
Las utilidades del cobre se explican por la alta demanda china –que, por su gran dependencia mercantilista exportadora respecto del mercado norteamericano, de contraerse significativamente el consumo allí, podría repercutir negativamente en la compra de metal rojo chileno y, por tanto, disminuir su precio-. Las corporaciones eléctricas aumentaron su ubicación económica debido a una legislación altamente favorable, que permite una acelerada rentabilidad por las fuertes alzas tarifarias a cuenta del debilitado salario de las grandes mayorías. La industria de la celulosa, en cambió, sufrió un duro revés como efecto de los costos crecientes de producción (de hecho, aumentó sólo un 2,3 % en relación al mismo semestre del año anterior). Por otro lado, las AFP’s experimentaron una reducción de un 37 % comparativamente con el primer semestre de 2007. Las grandes empresas de comercio al detalle también disminuyeron sus utilidades; las de Falabella bajaron en un 6,1 % y las de Cencosud en 48,9 %; ello causado por la contracción de la demanda. En el otro extremo, el Administrador Financiero del Transantiago obtuvo una tasa sobre el patrimonio de 63 %, subsidio estatal mediante.

2. Los números enunciados expresan una alta concentración de la propiedad capitalista que más renta (ley de hierro bajo los gobiernos concertacionistas); la superdependencia respecto de las desventuras de la economía mundial; el impacto manifiesto del congelamiento de los salarios (en rigor, su baja, si se desagrega la inflación que ya supera el 10 %); y el aumento del desempleo en el último mes de un 8,4 %, fenómeno que paulatinamente va constituyendo una tendencia y cuya cifra debe ser superior si se consideran los criterios del Instituto Nacional de Estadísticas para medirlo (para el INE no importa que el empleo sea ocasional, precario, sin contrato, etc.). A lo anterior, vale añadir la política proveniente del Banco Central de aumentar las tasas de interés con el fin de destruir inflación a costa de la baja masiva de la demanda.

3. Estos fenómenos, en su conjunto, explican dos aspectos centrales de la actual etapa: por un lado, el descrédito creciente y mayoritario ante el sistema político y de partidos políticos dominantes; y un clima de opinión nacional revelado por las encuestas que plantea el retorno de la regulación estatal, al punto de que el Fisco debería ocuparse más que la empresa privada de dotar de empleo al conjunto social, y controlar áreas estratégicas de la economía. De este modo, un plebliscito, por ejemplo, arrojaría sorprendentes resultados que correrían en sentido contrario al consenso político-económico convenido por el bloque en el poder (Alianza por Chile y Concertación) respecto del tipo de patrón de acumulación dominante desde hace más de 30 años y asociado al manual de la ultra capitalista. Contradictoriamente, las encuestas castigan una y otra vez al gobierno de Bachelet –estabilizando el descontento mayoritario frente a las políticas del Ejecutivo- y benefician al candidato de la derecha histórica, el empresario Sebastián Piñera (en un complejo general que en un 50 % no se pronuncia por ninguna de las componendas políticas visibles, incluida la izquierda tradicional). Frente al cuadro es posible observar la activación de cierto sentido común, fundado en la tradición, que no necesariamente rima con los contenidos de la alienación diseñados por arriba para el control y la condescendencia social ante un modelo íntegramente antipopular. Si se siguen las encuestas –que no hay mucho más a qué echarle mano en un Chile profundamente antidemocrático y sin participación más que en el ámbito estrictamente privado y de consumo- los chilenos miran al Estado como un refugio seguro ante la incertidumbre de los primeros signos potentes de la desaceleración económica y una eventual crisis. De algún modo, la explotación, el mal empleo, e incluso la calidad de los servicios privados, paulatinamente desmontan la ilusión librecambista, la retórica vacía e imposible del “emprendimiento” privado como manera sustentable de resolver la economía familiar y social. A la hora de la mala evaluación, ¿Hay una relación entre el sistema de partidos políticos y el tipo de democracia oligárquica imperante, por un lado, y la desacreditación explícita de la hegemonía de la empresa privada como plataforma de la totalidad de las relaciones sociales y vitales? Absolutamente sí. Y la relación es por negación. Encuesta tras encuesta, la gente sostiene invariablemente que los políticos (los del poder, los que aparecen permanentemente en los medios de comunicación de masas) están ocupados en reyertas mezquinas, intereses particulares, asuntos irrelevantes, cuestiones disociadas de la cotidianidad dura del chileno de a pie. Y, en cambio, en el padecimiento concreto del ejercicio de las relaciones de poder fundadas en la lucha de clases en el lugar de trabajo, en la escuela-guardería, en la casa-opresión y TV, es donde efectivamente se vive lo auténtico, lo acuciante, lo que quita el sueño y oprime. Es el jefe la figura material y tangible que somete, resta tiempo libre, paga mal y castiga. Y del jefe al dueño hay una frontera difusa, una opacidad que se simplifica en un malestar, miedo e insatisfacción únicos. El poder desplegado sin báscula del dueño, sin contraparte en general, se asocia al fuero ilegítimo que provee la propiedad contra el trabajador. Entonces no resulta extraño confiar en un Estado de relaciones más compensadas, donde pareciera que no hubiera dueños, y donde todavía funciona el mito de la estabilidad laboral del trabajador y el tipo de relaciones humanas que emanan de un trabajo, popularmente, entendido no bajo presión, no contra el tiempo, no contra metas imposibles, no sin contrato, no sin carrera al interior de una industria de cualquier índole. Por abajo, primero sin palabras propias, apenas como una sensación punzante, pero luego como un malestar agregado, de muchas fases y alta frecuencia, salta la convicción de que contenidos ligados a cierta idea de igualdad y seguridad, más allá de la corrupción posible y real, tiene un campo con mayores expectativas de realización en un Estado que ofrezca garantías mínimas. Si los empresarios “hacen lo que quieren y viven en otro mundo”, y los políticos “están distraídos y sólo persiguen su beneficio”, el Estado, como construcción histórica de atributos míticos después de su desactivación económica y desmantelamiento ocurrido hace dos generaciones, aparece como solución plausible en el sentido común ante la inestabilidad que gobierna, la desazón generalizada, y la mala vida.

4. La lucha de los empeños anticapitalistas, en una de sus tareas sustantivas, debe aportar a la construcción de conciencia, a la desalienación de las clases subalternas, a la edificación de la convicción de poder y la confianza popular en las fuerzas propias en permanente autoformación. Más allá de ciertos relatos idealistas –muchas veces justificados por traumas históricos-, el socialismo se levantará transitoriamente sobre un Estado regulador, combinado con fuertes desplazamientos de poder auténtico a los trabajadores y el pueblo en organización estratégica, sobre relaciones multidimensionales radicalmente otras que las actuales, y en pugna contra tentaciones burocratizantes y totalizadoras (en el peor de sus sentidos). Será la hora de sintetizar la igualdad con la libertad, en un tramado de contradicciones internas, temperatura de las correlaciones de fuerzas regionales y mundiales, maduraciones subjetivas y materiales, y caminando hacia un tipo de sociedad sin explotados y explotadores.
Pero para ello queda un derrotero complejo, lleno de incertidumbres, no fatal; extraordinariamente volitivo, tanto como objetivo. El combate mestizo de construir fuerzas a través de la organización y la lucha pareciera tener tiempos incalendarizables. Y la flexibilidad táctica debe ser un atributo constitutivo de los empeños anticapitalistas. Si el campo de conciencia de las grandes mayorías –no transferibles mecánicamente a fuerza social transformadora- se inclina positivamente hacia la regulación estatal, ¿No comporta ello una oportunidad de politización en su sentido liberador? Es decir, si en cierto tiempo concreto la lucha contra el capital se expresa como destrucción potencial, en ciernes, palpitante, de un orden fundado en la propiedad privada de los medios de producción mediante la recuperación de derechos sociales anclados en el Estado, para potenciar su intervención –que hoy, ciertamente, atentaría contra los intereses del capital en su actual manera extremista de desenvolvimiento- con la condición insustituible de una alta participación social, ¿No debería propulsarse con contenidos de inspiración revolucionaria, como si fuera una palanca que pusiera a los trabajadores y al pueblo en franca contradicción con la dominación de la minoría? La estatización por sí sola, deidificada, como fetiche o punto crucial de llegada, convierte cualquier estrategia en el peor sueño y predice su bancarrota. Pero si se emplea como táctica que empuja, crea fuerzas, organiza y politiza liberadoramente, ¿No la convierte en demanda tangible, paso concreto y previo? De algún modo, para los empeños anticapitalistas, la lucha por volver propiedad social de administración estatal derechos y servicios hoy privatizados, al menos revelaría los límites de la ultra capitalista, acentuaría las contradicciones sociales, podría ser contenido táctico, y obraría como facilitador de la construcción necesaria de poder popular. Estas razones deberían, de algún modo, ser punto de un debate amplio, fraterno y unitario.

Andrés Figueroa Cornejo
Agosto de 2008




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